P. ¿Tal vez demasiadas claves? ¿Podrían resumirse en dos o tres?
R. Un resumen en dos palabras sería “hábitos buenos”. El secreto de la educación está en lograr que las acciones buenas cristalicen en una conducta habitual. Eso conviene lograrlo en la niñez y la juventud, y es de una eficacia extraordinaria.
P. ¿Hasta qué punto educa la familia?
R. La familia siempre ha sido la institución educativa más sencilla y universal, la más económica y eficaz, y también la única capaz de proporcionar una educación completa. Por eso, a pesar de la crisis por la que atraviesa, no parece tener alternativa viable. Chesterton decía que quienes hablan contra la familia no saben lo que hacen, pues no saben lo que deshacen.
P. ¿Qué papel juega la conciencia moral en la educación?
R. En cierto modo, educar es enseñar a distinguir el bien y el mal. De esa distinción se encarga la razón, que no solo emite juicios técnicos o estéticos, sino también éticos. Para cualquier edad, la conciencia es una brújula para el bien y un freno para el mal, y sus juicios pueden ser absolutos porque el hombre es el único animal capaz de concebir un más allá de la muerte, donde lo que está en juego es un destino eterno. Por eso es tan importante la educación religiosa. Además, si no se respeta lo Sagrado –decía Confucio- no hay nada sobre lo que se pueda edificar una conducta. Zapatero y su Gobierno deberían leer a Confucio.
P. ¿Algún criterio práctico para el buen juicio de conciencia?
R. Hay tres criterios clásicos, con validez universal: hacer el bien y evitar el mal; no hacer un mal para obtener un bien; y no hacer a nadie lo que no queremos que nos hagan a nosotros. Confucio aporta otro criterio tan rotundo como interesante: “Si no se respeta lo Sagrado no hay nada sobre lo que se pueda edificar una conducta”. Viene a decir que sentirse responsable ante Dios es la única base realmente sólida de la educación.